El viaje de Elisa: de participante a tutora de ExE

Siempre le he dado mucho valor a la educación. Tuve la suerte de conocer distintos tipos de colegio, pues estudié en un centro privado hasta 4ºESO y luego opté por estudiar el Bachillerato en un instituto público en la modalidad nocturna, lo que me hizo ver de forma aún más acusada la diferencia—no en la calidad de la educación sino en la percepción de la educación por parte de los alumnos—entre un centro y otro. Conocer dos contextos tan diferentes hizo crecer en mí un fuerte sentimiento de justicia social. Estaba segura de que mis compañeros de clase en el Bachillerato nocturno—cuyo único interés, en general, era obtener un “cartón” que les diera oportunidades—no valoraban la educación en sí debido al contexto y a las circunstancias en las que habían crecido.

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MI PRIMER CONTACTO COMO DOCENTE

Durante el Bachillerato y la universidad trabajé como traductora e intérprete para la policía. Era un trabajo bonito y sentía que contribuía a la justicia social haciendo esa labor, pero me resultaba muy solitario. Tras terminar la carrera trabajé un año como auxiliar de conversación en un centro público de Birkenhead (Liverpool), un barrio del extrarradio parecido a Vallecas. Ver el crecimiento de los alumnos y conocer su contexto—familias desestructuradas, embarazos precoces o problemas de alcoholismo—supuso un punto de inflexión en mi vida y tuve claro que quería trabajar con alumnos y contribuir a mejorar la educación. En junio se me acababa la beca y, a pesar de no tener un destino claro, sí empecé a buscar ofertas en educación tanto en España como en Inglaterra y contacté con una ONG en Tanzania para ir en verano a un centro de acogida infantil. Mi vida había tomado un camino más definido. En febrero de 2011, estando en Birkenhead, descubrí Empieza por Educar. El programa era la respuesta a lo que estaba buscando.

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Elisa, colaborando con una ONG en Tanzania

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DOS AÑOS COMO PARTICIPANTE

Mis compañeros y yo fuimos la primera promoción de participantes de ExE. Recuerdo que al principio estábamos un poco perdidos y no terminábamos de entender qué era el programa y en qué consistía. Durante el Instituto de Verano adquirí un gran número de estrategias, herramientas y conocimientos que no conocía y que me permitían mejorar mi práctica con los alumnos de la Escuela de Verano y prepararme para los dos cursos siguientes como profesora.

Formaciones, quedadas, encuentros con Teach for All, un proyecto de investigación, reuniones de claustro, horas de refuerzo y de conversaciones con mis alumnos, charlas y muchos donuts con mi compi del cole, observaciones, coinvestigaciones… Mi experiencia como participante fue un aprendizaje continuo. Al terminar los dos años de programa solo tenía una cosa clara: quería mantener el contacto humano en el día a día y ver de cerca el aula. Me encantaba ser profesora y quería seguir con mis alumnos. Sin embargo, también tenía ganas de cambiar, de hacer algo diferente manteniendo el contacto con los centros y los estudiantes. El rol del tutor de ExE cubría todas esas necesidades, me permitía desarrollar otras fortalezas profesionales y, a su vez, contribuir a seguir mejorando ExE. Encajaba perfectamente con lo que quería hacer.

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Equipo ExE. Elisa se incorpora como tutora.

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DE PARTICIPANTE A ALUMNI

Además del paso de profesora a tutora de ExE, el cambio de participante a alumni lo he visto más como un cambio de actitud. Ahora comprendo que el movimiento significa que todos construimos juntos. No está el equipo por un lado y los participantes y alumni por otro. Esto no significa que los participantes y alumni proponen y el equipo hace, sino que todos debemos ser proactivos y contribuir desde el campo que escojamos.  Yo escogí ser tutora para apoyar a otros participantes en las aulas. Para mí fue un paso natural y necesario en la continuación de mi desarrollo profesional. El rol del tutor me permite ayudar a otros participantes a desarrollarse como profesores dentro del aula para que, así, haya más profesores que luchen por eliminar las desigualdades educativas de este país y generen oportunidades en los alumnos más desfavorecidos.

Me cuesta distinguir la frontera que separa lo personal  de lo profesional  y estoy segura de que a muchos de mis compañeros les pasa lo mismo. Por eso, aunque estemos hasta arriba, pensamos qué más podemos hacer. Así, surgió hace unos meses una oportunidad preciosa de formar a futuros profes del MFP de Comillas. Esta experiencia me permitió—si bien de una manera muy diferente—volver a ser profe y compartir aula, cañas, nachos, hummus y risas frente a un Power Point con dos compañeras y amigas de promoción, Lola y Alba. En mesas de diferentes bares malasañeros diseñamos las diez sesiones del curso y hasta sentamos los cimientos de una asociación educativa—que pasó de llamarse Amigo Sancho (como buenas filólogas e inconscientes) a CrecED (más diplomático y apropiado). Miriam Arriola y Judit Llavina, participantes de la primera y segunda promoción respectivamente, también forman parte del grupo fundador de la Asociación.

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Elisa dando clase en el Máster de Formación del Profesorado de la Universidad de Comillas

Cada uno escoge qué pasos da. Podemos quedarnos en Madrid, ir a Iowa o a donde sea, pero elegimos qué queremos hacer. Nosotras hemos pensado que, como alumni, con esta asociación contribuimos a mejorar la educación en España formando a profesores por un lado y, por otro, becando a alumnos desfavorecidos con el dinero recibido de los cursos y talleres que impartimos. Es un proyecto pequeño que a día de hoy solo ha contado un taller de formación pero nuestra idea es que crezca año a año para formar a más profesores y beneficiar a más alumnos.

Porque “cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es utopía sino justicia”.

–Elisa Goñi