El conflicto de la tolerancia, la tolerancia del conflicto

By 13. October 2014Allgemein

“Muerte a los árabes”. Con esa pintada amanecían los muros de la escuela Hand in Hand en Jerusalén el mismo día que mi avión aterrizaba sobre Tel Aviv.

El mundo se estremece con las noticias que llegan desde Gaza y se reabren heridas y debates a ambos lados de las fronteras de un lugar que no conoce la paz. Hacía 4 meses la Fundación Schusterman me comunicaba que había sido seleccionada para participar junto con representantes de todo el mundo en un viaje por Israel en el que trabajaríamos nuestro papel como agentes de cambio en nuestras respectivas comunidades, pero la oleada de violencia que se había desatado ese mes hacía tambalear nuestros planes de viaje.

“¿No te puedes ir a Conil, como la gente normal?” preguntaba mi madre por teléfono unas horas antes de despegar. Con el tráfico aéreo cerrándose y abriéndose, mi maleta sin hacer esperando hasta el último momento, nervios e intentos disuasorios varios –incluyendo el de un auxiliar de vuelo de Barajas- amanezco en la terminal cuatro del aeropuerto con dudas e inquietudes, pero con ganas infinitas de aprender.

Durante siete días tuve la oportunidad de unirme a 10 fantásticos compañeros de distintas organizaciones internacionales ( The Whitehouse Fellows, Ashoka, The Global Good Fund…) por un país sumido en un conflicto que condiciona la vida de todos sus habitantes. Durante este tiempo exploramos los límites de nuestra zona de confort, nos reunimos con emprendedores, profesores, musulmanes palestinos, musulmanes israelíes, judíos, etíopes y un largo etcétera en un intenso viaje de autoconocimiento y liderazgo.

Sería relativamente fácil sintetizar las distintas narrativas, o intentar hacer algún juicio de valor sobre lo que está ocurriendo – o lo que ha ocurrido, o lo que ocurrirá- en la región, pero a veces es más fácil contar una historia y dejar que cada uno extraiga sus propias conclusiones.

Participantes de la beca ofrecida por la Fundación Schusterman

Mi grupo aterrizaba en Tel Aviv, ese mismo día en la escuela Hand in Hand de Jerusalén alguien había escrito un mensaje de odio. Y este hecho podría pasar desapercibido si no fuera porque la escuela es la primera del país en fomentar la coexistencia entre árabes y judíos, con un ratio de 50-50 en cada una de las aulas.

Tuve la oportunidad de conocer a Efrat, profesora de “la escuela bilingüe”, como la conocen en Jerusalén, por la obligatoriedad que tienen tanto el personal como sus alumnos de aprender árabe y hebreo. Efrat es una de las profesoras más queridas de la escuela, en la que comparte aula con Amal, su “co-teacher”, y es que la presencia de un profesor árabe y uno judío en cada aula es obligatoria.

Hand in hand tiene cinco escuelas públicas abiertas en territorio israelí, su objetivo es fomentar la tolerancia y la coexistencia en oposición a la segregación que sufren las distintas comunidades desde una temprana edad. Su éxito radica en tener un currículo específico para trabajar la cooperación y al esfuerzo de sus profesores por aprender juntos. La misma Efrat aprendió árabe porque para ella “el lenguaje es la base del entendimiento entre grupos diversos”. Los niños responden en el idioma en el que se sienten cómodos hasta el tercer año, más adelante tienen que contestar en el idioma en el que la pregunta ha sido hecha.

Alumnos de la escuela Hand in Hand

En cada clase, profesores árabes y judíos trabajan codo con codo para dotar siempre de dos perspectivas diferentes a las preguntas de los alumnos, y es que “no hay nada que no se hable, pese a que puedan ser temas duros o difíciles, lo ponemos todo sobre la mesa. Nosotros invitamos a nuestros estudiantes a que indaguen, a que busquen, a que se informen bien, así descubren que no hay verdades universales y que las cosas pueden ser sencillas si nosotros queremos que sean sencillas”.  La convivencia fuera y dentro del aula y los proyectos comunes son los responsables de que, en este contexto, todos ellos se vean como iguales “para nosotros el principal problema son las vacaciones: los niños vuelven a sus casas, a su entorno,  donde a veces tienen sólo una perspectiva. Estamos continuamente luchando contra lo que ocurre fuera de la escuela.”

Otra de las claves del éxito de la escuela es la evaluación continua a los profesores y el respeto a la diversidad religiosa (por ejemplo, se celebran las festividades de las tres religiones), todo ello apoyado una asociación de padres con mucho peso y diferentes actividades extraescolares.

Alumnas de la escuela Hand in Hand

La pintada de odio sobre la pared de la escuela carece de sentido cuando dentro sus muros las desigualdades se encogen. Las buenas noticias no siempre trascienden, pero de esta maravillosa experiencia me quedo con el hecho de que a pesar de los odios, de los debacles históricos y de las torres de Babel hay lugares –muy imitables- en los que la convivencia es posible. Y no sólo es posible: es bonita.

 –Beatriz Jiménez

 

 

 

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